lunes, 19 de septiembre de 2016

Campanas que tocan los ángeles



¿Has estado con alguien egoísta?

Varias veces, recuerdo que todas mis parejas me han herido a su manera. Cada una de ellas me ha dicho o hecho algo muy desagradable que al final termino perdonando, pero no olvido. Esas cosas son las que al final me hacen pensar lo sola que estoy.

Y si estoy sola, debo salvarme sola. 

Durante muchos años he estado superando mis límites, deseando lo impensable y cuando me encuentro más cerca de lograr lo que quiero todo se viene abajo.

Puedo decir que daría cada centímetro de mí por asegurar que lo que he tenido es porque también me ha querido. Pero es la primera vez que alguien me demuestra que estaba completamente equivocada. Que Carlos en realidad sólo me está utilizando. Soy su muñeca, una compañera de juegos donde yo soy la que lo ve jugar.

Me siento como hace tantos años, en aquella reja ciclónica, donde yo estaba parada en la tierra inservible y del otro lado veía niños jugar en aquella resbaladilla tirándose al pasto verde.

¿De qué sirve desvivirse por alguien que no te limpia las lágrimas, alguien que ni siquiera escucha el llanto, ni los gritos?

¿De qué sirve tener a alguien sumamente desleal y que no te comprende en la incertidumbre?

¿Por qué estar con alguien que ignora tu sufrimiento?

Yo no quiero ser mala, pero a medida que esto va prolongándose, algo en mí que nunca había sentido se dispara. Es algo oculto que surge en medida que las personas que más quiero me desechan.

¿Cuándo será el momento en que decida si de verdad vale la pena vivir?

Lo que más me angustia es verme como Dulce, encerrada con personas que sufren más que yo, alimentada por medicinas y sentir la vergüenza de que las personas que quiero me vean con mayor desprecio del que ya lo hacen.

Y ya está ocurriendo, en algún momento la Hidroxizina se acabará y mi ansiedad volverá.

Cada pastilla es una defensa y una respuesta, es un NO a rendirse, pero Carlos me ahoga, siento que voy a dar el paso final.

Y yo no me quiero morir.

Oh Dulce, ¡cuánto lo siento! Pero, ¡cómo ayudarte si yo misma estoy caminando hacia el mismo destino! ¡Cómo puedo verte a los ojos si yo misma no puedo ver la verdad de lo que nos ocurre!

Lo que daría por escucharte y que me des ánimos, pero sería totalmente egoísta de mi parte pedirte tal cosa... Pero de verdad, yo no puedo, estoy olvidada, estoy deshecha...

Lo lamento mucho.

En el futuro espero ser eterna y verte brillante en el horizonte que tanto te gustaría haber tenido desde la vista de la ventana donde vives.

Y entonces, en esas noches, alguien será infinitamente feliz con solamente mirarnos desde la lejanía de la tierra.





miércoles, 14 de septiembre de 2016

Inalcanzable

A veces quisiera ser un pez y estar encerrada en una pecera, nadando y saltando, es que me siento asfixiada con este aire impuro. Hasta que llego a mi casa, mirar esas palmeras, aquellos árboles, aquel cielo cobalto rodeado de tonos naranja por el atardecer.

Pero lo que más disfruto son las madrugadas.

Durante 11 años de mi vida, cada mañana corro en aquella oscuridad, mirando hacia el cerro rodeado de cientos de estrellas, lo único que me motiva en mi rutina.

Meses atrás estaba atemorizada de que ellas no aparecieran. Luego recordé que esas estrellas aparecen con mayor destello durante el invierno y otoño.

Siempre me he enfrentado a esta ruda frialdad de las personas pero es difícil sentir eso cuando veo el conjunto de estrellas matutinas, ellas me han presentado todas mis mañanas triángulos, flechas, polígonos...

Si me pongo seria y observo puedo ver las impecables luces de colores rojos y celestes.

Aquellas luces que antes me hacían feliz, ahora solo me parecen dignas de ser recordadas, hablo de algo que está muerto.

Pero algo en mi interior me dice que no es verdad, eso me lo dice la esperanza.

Aquel 15 de septiembre del 2010 subí al techo y me sentí completa.

Todas las estrellas brillaban en esplendor y la Ciudad de México se teñía de bengalas y fuegos de artificio, era de noche y la oscuridad mezclaba el cielo con la tierra y las unía en millones de luces de colores.

Y ahí pude escuchar los gritos de felicidad de los niños, a los señores vitoreando, las mujeres cantando.

Todo pareció tener sentido.

Y yo sólo quería seguir bailando en aquel techo, emocionada de ver las luces del zócalo, la villa, revolución, el sur...

Yo creo que esa es una buena razón  para seguir con vida.

Volverte a ver así México, sentirte como todas las mañanas cuando quiero alcanzar las estrellas.


La puerta

En concreto:

¿A qué te puedes aferrar si todas las puertas se desvanecen?


Ojalá estuvieran solo cerradas, así al menos intentaría abrirlas.