Hay una historia, de una niña, a quien cosas malas le ocurrieron. , como sea... el día que a la niña se le ocurrió denunciar lo que le hicieron, fue testigo del peor castigo a una inocente, que incluso habiendo obrando mal no se lo merecía. Fue cuando la culpa derramó el vaso sobre esa niña y decidió no hablar, se quedó completamente muda, podían pasarle mil cosas y no decía ni pío. Se distanció de todos y se refugió en los libros y la música.
No fue hasta que conoció a otra chica en la secundaria cuando volvió a expresar algunas cosas, esa chica tan abierta y que le motivaba a hablar se fue con el que pretendía a la chica callada y eso, a pesar de haberlo superado, le dió desconfianza... que aunque hay muchas personas que te dan la mano, con la otra te apuntan a la cabeza.
La protagonista de esta historia tardó años en abrirse a otras personas, pero eso cambió cuando conoció a sus 3 amigas. Seguían pasando mil cosas, pero en ellas encontró refugio, aquella vitalidad era contagiosa, le emocionaba el mundo, cada día era algo nuevo, algo explorable, un reto, algo desconocido que probar y sentir... y ella comenzó a abrirse poco a poco. Sin embargo, a una de sus amigas ya le hartaba escucharla y le dejó de hablar, eso hizo aislarse una vez más a la joven... pero ¡había tantas cosas qué hablar! No podía ya quedarse callada y guardase las cosas, entre tantas cosas malas tenía que haber algún sentido.
Un día descubrió las redes sociales, cada uno podía decir lo que se le antojara cuando quisiera y desahogarse... Y ella se dejó llevar por ese frenesí de comunicación.
Porque el comunicar cosas es un poder maravilloso, cuando te escuchan es algo único, el hablar con otras personas, generar conexiones, que hay algo que une a las personas... Es prodigioso.
Pero nadie le enseñó a la criatura sobre el valor del saber decir, saber callar.
Y ella no entendía por qué al pasar de los años había menos personas que la escuchaban cada día... Y es que nunca ha dejado de ser esa niña a quien cosas malas le pasan, no tiene otra cosa qué decir, más que su propia historia, no hay nada más allá de eso. Y no puede haber comunicación si no aportas cosas al receptor. Todos crecen también y las opiniones de los mayores a veces suelen ser dejadas de lado, pero cómo diría Borges, "uno es grande por lo que lee y no por lo que escribe". Saber escuchar también es importante y en especial ser asertivo, si ella lo hubiera sabido antes quizás aquella inocente de hace tantos años no habría tenido un castigo injusto.
Eso se puede llevar esa ahora mujer...
Solo hay una última cosa: a ella aún le sigue emocionando decir cosas, ya sea con gestos, escritos, cantos, arte, voz o tacto... y siempre que llega alguien que le ilumina y da calor a ese mundo de hielo que se creó no puede evitar emocionarse.
Con esas pequeñas sorpresas, a veces da gusto vivir.


