miércoles, 14 de septiembre de 2016

Inalcanzables

A veces quisiera ser un pez y estar encerrada en una pecera, nadando, es que me siento asfixiada con este aire impuro. Hasta que llego a casa, mirar esas palmeras, aquellos árboles, aquel cielo cobalto rodeado de tonos naranja por el atardecer. Pero lo que más disfruto son las madrugadas.

Durante varios años de mi vida, cada mañana corro en aquella oscuridad, mirando hacia el cerro rodeado de cientos de estrellas, lo que me motiva en mi rutina.

Meses atrás estaba atemorizada de que ellas no aparecieran. Luego recordé que esas estrellas aparecen con mayor destello durante el invierno y otoño.

Cuando veo el conjunto de estrellas matutinas, ellas muestran triángulos, flechas, polígonos... Si me pongo seria, puedo ver las impecables luces de colores rojos y celestes.



Aquel 15 de septiembre del 2010 subí al techo y me sentí completa.

Todas las estrellas brillaban en esplendor y la Ciudad de México se teñía de bengalas y fuegos de artificio, era de noche y la oscuridad mezclaba el cielo con la tierra y las unía en millones de luces de colores.

Y ahí pude escuchar los gritos de felicidad de los niños, a los señores vitoreando, las mujeres cantando.

Todo pareció tener sentido.

Y yo sólo quería seguir bailando en aquel techo, emocionada de ver las luces del zócalo, la Villa, Revolución, el lado sur...


Volverte a ver cielo estrellado, sentirte como todas las mañanas cuando quiero alcanzarte es lo único que necesito.


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